¿Te acuerdas de la última vez que fuiste al teatro?

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Una de las cosas más placenteras que existen es el teatro, un placer que sin embargo no se practica tantas veces como desearíamos. Contemplar una obra de teatro es muy diferente de ver una película, porque cada actuación es diferente; depende del estado de ánimo de los actores, y de otros muchos factores, por lo que las acciones se viven más, las palabras suenan más reales y la trama se siente con intensidad. Ver una obra de Chèjov interpretada por buenos actores es para mí una de las mejores cosas que se pueden hacer, en estos tiempos en que se pueden hacer tantas cosas.

Pero aún es mejor cuando te pones en el otro lado, cuando tú eres el Romeo, el Trigorin, o la gata sobre un tejado de zinc caliente. Soy de la firme opinión de que todos tendríamos que aprender algo de teatro; es una excelente válvula de escape para probar todas las sensaciones que reprimimos en el día a día, es un ejercicio de imaginación desbordante donde nuestro cuerpo y nuestra voz son las herramientas, es un medicamento perfecto para el ego y una fuente inagotable de sorpresas.

Pero existe el lógico miedo a no saber actuar, pues nunca nos parece que seamos capaces de interpretar el papel de un personaje de Arthur Miller, o captar todas las sutilezas de un Chéjov o aprendernos un guión de Shakespeare, pero ¡vaya si se aprende! El cuerpo responde y las palabras vuelan, el corazón da un vuelco y nos sentimos crecer por dentro, en armonía con nuestros compañeros de escena. La representación teatral se convierte así en un engranaje donde cada pieza cuenta, y no sólo eso, también influyen las miradas del público, que nos mira atento y que siempre es exigente.

Yo nunca había hecho teatro hasta hace tres años; empecé a acudir a las clases de La Escuelita que, como su nombre indica, era una pequeña escuela de teatro de barrio –ahora ha crecido y se ha convertido también en sala– sin tener muy claro el porqué. Tal vez para vencer mi timidez, tener un hobby artístico, conocer gente nueva… sea como fuere, el teatro sirve para todos los aspectos de la vida diaria, para tener más confianza en nosotros mismos y para tener más empatía con nuestros compañeros cotidianos. La vida es un gran teatro, decía Oscar Wilde: “La tierra es un teatro, pero tiene un reparto deplorable”. Yo creo que de nosotros depende que nuestro papel sea relevante en la trama, pues somos nuestros propios directores.

Lo dicho, el teatro es importante, así que antes de ir al cine como zombies a ver una película de ídems, plantearos asistir a alguna representación de un pequeño teatro, o de uno grande, tanto da; seguro que no os arrepentiréis, pues el teatro es uno de los pocos espectáculos realmente auténticos hoy en día.

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